lunes, diciembre 17, 2007

Un paseo hacia los vientos helados

Una navaja afilada roza mi rostro, el aire es helado. Noto que se me congelan las orejas y la nariz… el frío no me deja ni pensar. Los árboles ya no tienen casi hojas, algunas penden milagrosamente de su rama, azotadas por el viento invernal, pero tercas se resisten a abandonar el lugar que han ocupado durante tres estaciones del año.

Piso el lecho de hojas crujientes, tomo contacto con la naturaleza amaestrada de la ciudad, recorro los caminitos que ofrecen las mejores vistas, empujando al viento, diciéndole a gritos que estoy perdida. Pero el viento no me responde, sigiloso me silba palabras incomprensibles en los oídos.

Tengo el alma congelada, siento frío hasta debajo de mi piel.

A la luz breve del atardecer, acuden a mí pensamientos de dudosa claridad. Son como sentimientos crepusculares que a nada me conducen, pues me impregnan de una soledad turbia. Las nubes rojas se encienden a mi paso temeroso, alejado de toda decisión y, los borrachos que luchan contra la vida, me observan distraídos con sus ojos vacíos.

Se acaba el día, y el viento sigue soplando sin tregua… ojalá se lleve consigo toda esta incertidumbre que me deja ciega, sorda y muda.

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