Mi estudio tiene una ventana a la cual miro de frente cuando estoy sentada a mi mesa de escritorio. Puedo ver un trozo de cielo enmarcado caprichosamente por las formas de las paredes y tejados de los edificios adyacentes al mío. Una chimenea metálica apunta justo hacia el centro de ese cuadro celestial, que algunas veces está azul, otras nublado y pocas veces, como hoy, nevando.
Como es un patio muy bien resguardado del viento, los copos caen como si llevaran paracaídas, y revolotean al azar de un lado hacia el otro, para finalmente venirse a estrellar en alguna parte, ya sea en el suelo de cemento, en el abeto amorfo, mutilado y descuidado que hay plantado en un bidón de color verde turquesa, o también, por qué no, encima de alguno de los cables que cruzan de pared a pared, haciendo un equilibrio admirable. Los copos flotan como trocitos de algodón blanco y hoy, que no hace demasiado frío, están destinados a transformarse en agua, sin llegar a formar el ansiado colchón al que desearían llegar.
Cuando llegué aquí, creí que nunca me acostumbraría a tan desangelada visión, es decir al triste patio gris y sucio que a penas me deja ver el cielo, ni deja esparcir mi mirada en el infinito horizonte, ni siquiera deja a mi imaginación, distraerse con los movimientos que suele haber en una calle cualquiera.
Pero cosas curiosas que tienen las ventanas, que son como un imán de incalculable fuerza atrayente, pues no hay día que mis ojos no se detengan unos cuantos minutos a observar lo que se ve a través de ella. Poco a poco, voy descubriendo pequeños detalles que a primera vista pasan desapercibidos, como, por ejemplo, que en esta mezcla entrevesada de patios vive un gato, o quizás sólo pasea por aquí. De vez en cuando, cae algún calcetín huérfano desde las alturas y me visita, como si fuera un pájaro que quisiera regalarme con su canto. También puedo ver un pequeño trozo de tejado de tejas de verdad, en el cual todavía duerme la nieve, resistente gracias a que no le toca el sol. Los muros bajitos y redondeados que separan los distintos patios que vienen a juntarse frente a mi ventana, me recuerdan a las casas encaladas de Grecia, pero eso sólo cuando hace sol, pues el deslumbramiento evita que me fije en el color gris.
Y todo, para no hacer lo que tengo que hacer: estudiar. Aunque cierto es que las ventanas tienen lo que tienen: son para mirar a través de ellas, quizás anhelando o esperando algo, quizás para saber algo nuevo del día o de la noche y, sobre todo, para recibir la luz de la cual nos privan los muros, bien sea del sol o de la luna, si las nubes lo permiten.


3 comentarios:
Ayyyyyyy, qué encanto tiene la vista más fea cuando lo que tenemos la obligación de hacer nos parece más feo todavía!!!
Pues mira, no te sientas culpable al sentir que deberías estar estudiando en lugar de distrayéndote. Lo mejor es lo que comentábamos en mi blog esta semana sobre dejarnos al cabo del día unos buenos momentos para no hacer nada, porque son necesarios. Y después de ese descanso neuronal, AL ATAQUELLLL!!!!!!!!!
Besazos desde el cálido sur.
Estoooo.... soy Pepsilo, jejejejje, que he marcado la opción incorrecta de publicación, jijijiji.... ains!
Pues, después de leerte... me he dado cuenta de que mi ventana, esta noche, permanecía cerrada... al abrirla, el reflejo de las farolas me han dejado ver, sutilmente, que el roble que vive a pocos metros del balcón, empieza a enseñar sus jovenes hojas otra vez.
Mil besos Algodón... y felicidades, es un escrito fantástico.
J.
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