sábado, marzo 24, 2007

Hornimans Sabores, nostalgias y recuerdos

Es curioso verificar cómo los sabores pueden transportarle a uno a miles de kilómetros de distancia, tanto en el tiempo como en el espacio.


Entre test y test de Procedimiento Administrativo Común (estos temas taaaan apasionantes que estoy estudiando desde hace más de medio año), he decidido ir al super, más que nada porque mi nevera parecía un iglú sin inquilinos. Total, para abreviar e ir al grano, necesitaba Poleo-Menta o Menta-Poleo (orden que siempre confundo), infusión a la que últimamente me he aficionado, y en la misma estantería he visto una infusión de Rooibos con frambuesa de Hornimans Sabores...



Mientras escribo esto me estoy tomando una taza y recuerdo que hasta hace dos años no se podía comprar Rooibos en España, pues es una planta originaria de Suráfrica y por lo visto a nadie se le había ocurrido exportarla-importarla (segúndes de dónde se mire).


Así que me ha dado por recordar aquel viaje que hice a Botswana, durante cuyo transcurso, mis amigos y yo nos hinchamos a Rooibos... (también a cervezas, para qué negarlo, y a esa bebida que es como una cerveza de manzana, riquísima por cierto, llamada Sabana).


Me han entrado nostalgias de vacaciones y de aquellos amigos que, desde que vivo aquí en el Norte, casi nunca veo.

miércoles, marzo 21, 2007

La Ventana

Pintura de Socorro Martínez, "Desde la Ventana"

Mi estudio tiene una ventana a la cual miro de frente cuando estoy sentada a mi mesa de escritorio. Puedo ver un trozo de cielo enmarcado caprichosamente por las formas de las paredes y tejados de los edificios adyacentes al mío. Una chimenea metálica apunta justo hacia el centro de ese cuadro celestial, que algunas veces está azul, otras nublado y pocas veces, como hoy, nevando.


Como es un patio muy bien resguardado del viento, los copos caen como si llevaran paracaídas, y revolotean al azar de un lado hacia el otro, para finalmente venirse a estrellar en alguna parte, ya sea en el suelo de cemento, en el abeto amorfo, mutilado y descuidado que hay plantado en un bidón de color verde turquesa, o también, por qué no, encima de alguno de los cables que cruzan de pared a pared, haciendo un equilibrio admirable. Los copos flotan como trocitos de algodón blanco y hoy, que no hace demasiado frío, están destinados a transformarse en agua, sin llegar a formar el ansiado colchón al que desearían llegar.


Cuando llegué aquí, creí que nunca me acostumbraría a tan desangelada visión, es decir al triste patio gris y sucio que a penas me deja ver el cielo, ni deja esparcir mi mirada en el infinito horizonte, ni siquiera deja a mi imaginación, distraerse con los movimientos que suele haber en una calle cualquiera.


Pero cosas curiosas que tienen las ventanas, que son como un imán de incalculable fuerza atrayente, pues no hay día que mis ojos no se detengan unos cuantos minutos a observar lo que se ve a través de ella. Poco a poco, voy descubriendo pequeños detalles que a primera vista pasan desapercibidos, como, por ejemplo, que en esta mezcla entrevesada de patios vive un gato, o quizás sólo pasea por aquí. De vez en cuando, cae algún calcetín huérfano desde las alturas y me visita, como si fuera un pájaro que quisiera regalarme con su canto. También puedo ver un pequeño trozo de tejado de tejas de verdad, en el cual todavía duerme la nieve, resistente gracias a que no le toca el sol. Los muros bajitos y redondeados que separan los distintos patios que vienen a juntarse frente a mi ventana, me recuerdan a las casas encaladas de Grecia, pero eso sólo cuando hace sol, pues el deslumbramiento evita que me fije en el color gris.


Y todo, para no hacer lo que tengo que hacer: estudiar. Aunque cierto es que las ventanas tienen lo que tienen: son para mirar a través de ellas, quizás anhelando o esperando algo, quizás para saber algo nuevo del día o de la noche y, sobre todo, para recibir la luz de la cual nos privan los muros, bien sea del sol o de la luna, si las nubes lo permiten.