lunes, diciembre 17, 2007

Un paseo hacia los vientos helados

Una navaja afilada roza mi rostro, el aire es helado. Noto que se me congelan las orejas y la nariz… el frío no me deja ni pensar. Los árboles ya no tienen casi hojas, algunas penden milagrosamente de su rama, azotadas por el viento invernal, pero tercas se resisten a abandonar el lugar que han ocupado durante tres estaciones del año.

Piso el lecho de hojas crujientes, tomo contacto con la naturaleza amaestrada de la ciudad, recorro los caminitos que ofrecen las mejores vistas, empujando al viento, diciéndole a gritos que estoy perdida. Pero el viento no me responde, sigiloso me silba palabras incomprensibles en los oídos.

Tengo el alma congelada, siento frío hasta debajo de mi piel.

A la luz breve del atardecer, acuden a mí pensamientos de dudosa claridad. Son como sentimientos crepusculares que a nada me conducen, pues me impregnan de una soledad turbia. Las nubes rojas se encienden a mi paso temeroso, alejado de toda decisión y, los borrachos que luchan contra la vida, me observan distraídos con sus ojos vacíos.

Se acaba el día, y el viento sigue soplando sin tregua… ojalá se lleve consigo toda esta incertidumbre que me deja ciega, sorda y muda.

sábado, marzo 24, 2007

Hornimans Sabores, nostalgias y recuerdos

Es curioso verificar cómo los sabores pueden transportarle a uno a miles de kilómetros de distancia, tanto en el tiempo como en el espacio.


Entre test y test de Procedimiento Administrativo Común (estos temas taaaan apasionantes que estoy estudiando desde hace más de medio año), he decidido ir al super, más que nada porque mi nevera parecía un iglú sin inquilinos. Total, para abreviar e ir al grano, necesitaba Poleo-Menta o Menta-Poleo (orden que siempre confundo), infusión a la que últimamente me he aficionado, y en la misma estantería he visto una infusión de Rooibos con frambuesa de Hornimans Sabores...



Mientras escribo esto me estoy tomando una taza y recuerdo que hasta hace dos años no se podía comprar Rooibos en España, pues es una planta originaria de Suráfrica y por lo visto a nadie se le había ocurrido exportarla-importarla (segúndes de dónde se mire).


Así que me ha dado por recordar aquel viaje que hice a Botswana, durante cuyo transcurso, mis amigos y yo nos hinchamos a Rooibos... (también a cervezas, para qué negarlo, y a esa bebida que es como una cerveza de manzana, riquísima por cierto, llamada Sabana).


Me han entrado nostalgias de vacaciones y de aquellos amigos que, desde que vivo aquí en el Norte, casi nunca veo.

miércoles, marzo 21, 2007

La Ventana

Pintura de Socorro Martínez, "Desde la Ventana"

Mi estudio tiene una ventana a la cual miro de frente cuando estoy sentada a mi mesa de escritorio. Puedo ver un trozo de cielo enmarcado caprichosamente por las formas de las paredes y tejados de los edificios adyacentes al mío. Una chimenea metálica apunta justo hacia el centro de ese cuadro celestial, que algunas veces está azul, otras nublado y pocas veces, como hoy, nevando.


Como es un patio muy bien resguardado del viento, los copos caen como si llevaran paracaídas, y revolotean al azar de un lado hacia el otro, para finalmente venirse a estrellar en alguna parte, ya sea en el suelo de cemento, en el abeto amorfo, mutilado y descuidado que hay plantado en un bidón de color verde turquesa, o también, por qué no, encima de alguno de los cables que cruzan de pared a pared, haciendo un equilibrio admirable. Los copos flotan como trocitos de algodón blanco y hoy, que no hace demasiado frío, están destinados a transformarse en agua, sin llegar a formar el ansiado colchón al que desearían llegar.


Cuando llegué aquí, creí que nunca me acostumbraría a tan desangelada visión, es decir al triste patio gris y sucio que a penas me deja ver el cielo, ni deja esparcir mi mirada en el infinito horizonte, ni siquiera deja a mi imaginación, distraerse con los movimientos que suele haber en una calle cualquiera.


Pero cosas curiosas que tienen las ventanas, que son como un imán de incalculable fuerza atrayente, pues no hay día que mis ojos no se detengan unos cuantos minutos a observar lo que se ve a través de ella. Poco a poco, voy descubriendo pequeños detalles que a primera vista pasan desapercibidos, como, por ejemplo, que en esta mezcla entrevesada de patios vive un gato, o quizás sólo pasea por aquí. De vez en cuando, cae algún calcetín huérfano desde las alturas y me visita, como si fuera un pájaro que quisiera regalarme con su canto. También puedo ver un pequeño trozo de tejado de tejas de verdad, en el cual todavía duerme la nieve, resistente gracias a que no le toca el sol. Los muros bajitos y redondeados que separan los distintos patios que vienen a juntarse frente a mi ventana, me recuerdan a las casas encaladas de Grecia, pero eso sólo cuando hace sol, pues el deslumbramiento evita que me fije en el color gris.


Y todo, para no hacer lo que tengo que hacer: estudiar. Aunque cierto es que las ventanas tienen lo que tienen: son para mirar a través de ellas, quizás anhelando o esperando algo, quizás para saber algo nuevo del día o de la noche y, sobre todo, para recibir la luz de la cual nos privan los muros, bien sea del sol o de la luna, si las nubes lo permiten.

jueves, enero 04, 2007

Missing...

I know... I'm missing... and I'm so sorry...

Sé que no tengo muchos adeptos, y los pocos que tengo ya sabrán que ando un poco perdida entre apuntes y libros. Ha empezado mi cuenta atrás: tan sólo falta un mes escaso para mi primer examen de las oposiciones, así que este espacio quedará relegado al último lugar de mis prioridades.
Eso sí, no pienso abandonar, no, no... Que me ha encantado conoceros y leeros (y lo sigo haciendo aunque no me entretenga a firmar).
Así, con esto y un bizcocho... me despido por el momento. Quizás en algún momento de desesperación actualice, pero no prometo nada.

lunes, diciembre 11, 2006

Un viaje por Praga

No os voy a soltar el tostón del relato minucioso de mi visita. Me quedo con unas sensaciones:

- Me olvidé casi por completo de lo que me tenía que olvidar: las oposiciones.
- Descubrí que el idioma checo me gusta, aunque no se entiende nada de nada de nada. Y cómo se pronuncia???
- La conversión sistemática de todos los precios a euros, menudo tostón, aunque quizás haya practicado mis aptitudes numéricas.
- La noche iluminada de las calles: las luces reflejadas en el espejo del Moldava, las bombillas de los árboles navideños, el vaho al contraluz de las farolas...
- Los españoles hemos decidido conquistar Praga. No os podéis imaginar cuánta gente llegó a partir del miércoles! De hecho, parecía que estuviera paseando por alguna ciudad española...
- Los checos beben cerveza como agua, y fuman como posesos. Trabajan a todas horas (no cierran al medio día, abren muchos sitios hasta las 23h...) y a pesar de tener tiendas como Chanel y Boss, tienen muchísimas tiendas de ropa de segunda mano.- Adoro los tranvías.
- El barroco no me gusta.
- Estoy en baja forma, qué agotamiento de pateadas...
- Mirar hacia arriba para ver el techo de las iglesias ha sido el pan de cada día. La perspectiva cambia.

Y si alguien necesita datos prácticos para un futuro viaje, que no haga más que preguntar, que yo responderé encantada.


P.D.: Las fotos están todavía en proceso de selección, ya las colgaré cuando pueda...

domingo, diciembre 10, 2006

Odio la Navidad

No voy a hablar del sentido puramente comercial que ahora se le da a la Navidad y que, dicho sea de paso, me parece repugnante. Sólo voy a intentar dilucidar un poco sobre mis circunstancias personales al respecto.



Odio la Navidad. Llevo repitiéndomelo hace muchos años y ya no sé si es pura repetición o sigo sintiendo lo mismo. Rectifico: sí sigo sintiendo lo mismo, pero los motivos han cambiado (¿o quizás no hayan cambiado tanto como me lo parece?).

Cuando era pequeña, de las épocas que quizás más recuerdos bonitos y entrañables guardo es de cuando era navidad en mi casa y cuando venía mi abuela a visitarnos. Yo no sabía nada de belenes y reyes magos, pues me crié en Alemania. Ahí estaba Papa Noel y el arbolito de Navidad. El primer Adviento, que es el primer domingo de diciembre, se encendía una de las cuatro velas que componían la corona de adviento. Así sucesivamente cada domingo hasta el día de navidad. También recibíamos a finales de noviembre una caja con ventanitas, cada una correspondiente a un día de diciembre, hasta el día 25. Era como una cuenta atrás, pero ésta premiada con una chocolatina: cada día abrías una ventanita, la correspondiente al día, y te comías el contenido mientras mirabas con ilusión qué dibujo escondía. Ahora esto ya es más típico en España, pero en Alemania y supongo que en otros países germánicos, es una tradición de hace muchos años.

Los preparativos culinarios iban a cargo de mi madre, que nos tenía a mi hermana y a mí de pinches. Cada navidad se estrenaba una receta distinta, a cual más suculenta. Primero venían las compras, no se reparaba en gastos. Luego el día entero en la cocina, de pie cocinando las delicias que nos hacían la boca agua. Lo que más ilusión me hacía era cuando llegaba el momento de adornar el árbol, con esas bolas de cristal de colores y la Lametta (cintas metálicas plateadas finitas). También colocábamos unas pinzas que eran como pequeños candelabros para velas, que se pinzaban en las ramas del árbol en cuestión (siempre de verdad, no de plástico). El día de noche buena se encendían todas las velitas, y en casa cada miembro de nuestra familia, elegía una velita. Ganaba el que había elegido la que más rato duraba y por supuesto, no recibía más premio que el sentirse envidiado por el resto.

Luego nos mandaban a las niñas al dormitorio, y se oían unos pasos condundentes y ruidos de paquetes. Eran las doce de la noche y Papa Noel había llegado para dejar los regalos debajo del árbol. Luego, uno de nosotros era elegido solemnemente para que repartiera los regalos. Cuando me tocaba a mí, intentaba adivinar siempre antes qué es lo que podía contener cada paquete. Nunca se repartía el siguiente regalo antes de que el anterior hubiera sido abierto y admirado por todos. Al cabo de un tiempo prudencial, las nenas se iban a dormir y yo me despertaba al día siguiente muy tempranito, porque me hacía mucha ilusión jugar con los juguetes nuevos...

Pues bien, a medida que pasaron los años, la cosa fue cambiando. Papa Noel ya no existía, pero sí los regalos, que cada cual los colocaba durante el día debajo del árbol. Después mi padre también dejó la casa, es decir, que mis padres se separaron. La navidad se siguió celebrando igual, y realmente todo seguía siendo entrañable, hasta que los niños crecieron y maduraron un poco y vieron que a fin de cuentas no era todo más que hipocresía. Vinieron años en que mi padre no podía asistir a la navidad, básicamente por motivos de lejanía geográfica. Y otros años, en que hubiera deseado que la navidad pasara sin pena ni gloria, pues los reproches estaban a la orden del día. De la abuela, porque mi madre no quería celebrarla con ella; de la madre, porque las hijas no cumplían con sus deberes y ayudaban en tal día; de las hijas, porque la navidad es una mierda. Total, que al final era todo más cosa de obligación que de placer y reunión y armonía familiar.

Hasta que hace tres años, mi abuela murió. Mi padre hacía años que no venía a celebrarla, y mi hermana estaba a malísimas con mi madre. Decisión de mi parte: no se celebra la noche buena en casa. Yo la pasé con mi hermana en su casa junto con algunos sin familia también. Mi padre con su otra familia. Mi madre sola.

Hoy odio la Navidad porque me trae recuerdos dolorosos, como por ejemplo, la visión de mi madre en casa sola. Fue la última navidad que podría haber celebrado con ella y la desaproveché. No me culpo. Tenía motivos válidos. Pero aún así me arrepiento. Dentro de unos días hará dos años que ella murió y de verdad que daría lo que fuera por poder celebrar la navidad sin tantas tonterías, simplemente con el sentimiento limpio de amor al prójimo.

Siempre he estado en contra de muchas instituciones como la navidad, el matrimonio, san valentín... Hoy lo veo un poco distinto. Hoy ya no digo no tan a rajatabla. Creo que todo depende de cómo se siente. Si te casas porque te lo dicen tus padres, no me es válido. Pero si te casas como un ritual para afianzar una relación y así lo sientes, me parece perfecto. Hoy por hoy, se han perdido muchos rituales, porque le hemos quitado el sentido verdadero y profundo. Estamos perdiendo valores y eso, precisamente, es lo que nos hace sentirnos tan perdidos.


Cuánto se tarda en darle el valor justo a las cosas...

Esta semana en Praga, me he comprado una docena de bolas de cristal, como las de mi infancia. Las guardaré en el altillo y quizás, cuando las llagas estén un poco más curadas, compraré un árbol y lo decoraré.

jueves, noviembre 30, 2006

Me voy a Praga


¡Sí, señor! La noche del sábado estaré paseando por estas calles tan románticas. Mejor dicho, durante toda una semanita entera, la Foral, que se llama por estas tierras navarras. Lo cierto es que la estaba esperando como agua de mayo, aunque probablemente me caerá más bien una nevada de diciembre, pero bueno...


Lo importante es recuperar pilas, que las tengo en un estado ya casi lamentable (alerta roja), para poder afrontar con éxito y sin demasiada desesperación la recta final. Bueno, la recta final del principio... El cuatro de febrero será mi primer examen de las oposiciones para las que me estoy presentando.


Una semanita de vacaciones me vendrán de cine, aunque no lo creáis, me da una mala conciencia terrible... pero creo que sabré superarlo (jeje).


¡A la vuelta más!

martes, noviembre 28, 2006

"No hay nada más valioso que una vida"

Grégoire, el personaje que hoy habla en mi blog, es uno de los personajes principales de la novela que estoy leyendo: "Las causas perdidas" de Jean-Christophe Rufin. Está en Etiopía coordinando los trabajos de una ONG europea para luchar contra la hambruna. Después de descubrir los motivos fraudulentos y nefastos del gobierno etíope para apoyar el proyecto y, por otro lado, ver las razones de resistirse a abandonar de los cooperantes, le cuenta a Hilarion, su amigo, la conclusión a la que ha llegado:


- De regreso, en el coche, pensé sobre todo en esta frase: "No hay nada más valioso que una vida." Quizá no me crea Hilarion, pero tuve una especie de iluminación al subir a la segunda falla. Comprendí que precisamente a causa de esa frase no logro y sin duda no lograré jamás respetar este trabajo. "No hay nada más valioso que una vida" significa que no se debe sacrificar ni una sola vida, es decir, que en el mundo no existe nada en lo que creamos lo suficiente para defenderlo pagando con vidas. "No hay nada más valioso que una vida" es el mensaje de una sociedad para la que el valor más elevado es la comida y el mayor drama no tenerla. ¡Ah, somos muy ricos, muy libres y muy felices! Nuestros alimentos no saben a nada, nuestras iglesias están vacías, nuestros tribunales son comprensivos. Preferimos, quizá por primera vez en la historia, la vida material a la vida eterna. En lugar de decir que no creemos en nada y que por eso somos incapaces de justificar la muerte, preferimos glorifcar la vida. "No hay nada más valioso que una vida" ¡Terrorismo! Terrorismo de la vida por encima de todo, que no es en realidad sino la prueba de un gran vacío, de una renuncia a lo que hace el hombre: la elección de un combate y la aceptación de un sacrificio. (...)


- Créame, cuando escogí este trabajo, esperaba algo distinto de "no hay nada más valioso que una vida". Pero, por desgracia, la verdad es que no soy diferente de los demás. Soy tan incapaz como ellos de creer, de creer de verdad, de creer hasta el extremo de decir: "Ca custa" (cueste lo que cueste). La única diferencia es que yo soy consciente de ello y eso me hace infeliz.


Para hacernos pensar un buen rato...

viernes, noviembre 17, 2006

¿Cuántas estrellas tiene el cielo?


La última noche que pasamos juntos,
lo preguntó:
-¿Cuántas estrellas tiene el cielo?
-Trescientas cincuenta mil.
-¿A que no?
-¿A que sí?

-Cállate. Esta noche
no quiero que preguntes esas cosas.
Esta noche, si quieres preguntar
cuántas estrellas tiene el cielo,
o cualquier otra cosa,
pregunta algo así como ¿me quieres?
¿tienes frío? ¿quién dice que tiene hambre?

Esta noche, pregunta algo que sea
contestado en el mundo sin palabras.
Interroga con toda tu sangre
algo en que toda la vida del mundo
esté preguntando,
algo así como ¿quién llora?
¿hace falta algo?

Y verás como todo hace falta
y sabrás cuántas estrellas tiene el cielo
cuando sepas que el cielo tiene una sola estrella
para cada momento,
porque con una que se pierda
dará un paso de sombra la luz del Universo.

Poema de Andrés Eloy Blanco

domingo, noviembre 12, 2006

Rumbo errante

A veces me da la sensación de que me encamino hacia la nada
a ese espacio indefinido que se perfila en el horizonte
al que nunca parezco llegar...

La oscuridad me envuelve, no puedo ver ni hacia atrás ni hacia los lados
sólo frente a mí distingo un haz del luz tenue pero constante.
No me queda más remedio que seguir adelante, pero tengo miedo...
¿estoy haciendo lo correcto?

Vivo empujada hacia adelante, y siento que pierdo el equilibrio...
el control sobre mis pasos y mis movimientos.
Los pensamientos aparecen y desaparecen en un vaivén desesperado;
no consigo aprehenderlos...

Espero que no me esté perdiendo nada importante...