
Odio la Navidad. Llevo repitiéndomelo hace muchos años y ya no sé si es pura repetición o sigo sintiendo lo mismo. Rectifico: sí sigo sintiendo lo mismo, pero los motivos han cambiado (¿o quizás no hayan cambiado tanto como me lo parece?).
Cuando era pequeña, de las épocas que quizás más recuerdos bonitos y entrañables guardo es de cuando era navidad en mi casa y cuando venía mi abuela a visitarnos. Yo no sabía nada de belenes y reyes magos, pues me crié en Alemania. Ahí estaba Papa Noel y el arbolito de Navidad. El primer Adviento, que es el primer domingo de diciembre, se encendía una de las cuatro velas que componían la corona de adviento. Así sucesivamente cada domingo hasta el día de navidad. También recibíamos a finales de noviembre una caja con ventanitas, cada una correspondiente a un día de diciembre, hasta el día 25. Era como una cuenta atrás, pero ésta premiada con una chocolatina: cada día abrías una ventanita, la correspondiente al día, y te comías el contenido mientras mirabas con ilusión qué dibujo escondía. Ahora esto ya es más típico en España, pero en Alemania y supongo que en otros países germánicos, es una tradición de hace muchos años.
Los preparativos culinarios iban a cargo de mi madre, que nos tenía a mi hermana y a mí de pinches. Cada navidad se estrenaba una receta distinta, a cual más suculenta. Primero venían las compras, no se reparaba en gastos. Luego el día entero en la cocina, de pie cocinando las delicias que nos hacían la boca agua. Lo que más ilusión me hacía era cuando llegaba el momento de adornar el árbol, con esas bolas de cristal de colores y la Lametta (cintas metálicas plateadas finitas). También colocábamos unas pinzas que eran como pequeños candelabros para velas, que se pinzaban en las ramas del árbol en cuestión (siempre de verdad, no de plástico). El día de noche buena se encendían todas las velitas, y en casa cada miembro de nuestra familia, elegía una velita. Ganaba el que había elegido la que más rato duraba y por supuesto, no recibía más premio que el sentirse envidiado por el resto.
Luego nos mandaban a las niñas al dormitorio, y se oían unos pasos condundentes y ruidos de paquetes. Eran las doce de la noche y Papa Noel había llegado para dejar los regalos debajo del árbol. Luego, uno de nosotros era elegido solemnemente para que repartiera los regalos. Cuando me tocaba a mí, intentaba adivinar siempre antes qué es lo que podía contener cada paquete. Nunca se repartía el siguiente regalo antes de que el anterior hubiera sido abierto y admirado por todos. Al cabo de un tiempo prudencial, las nenas se iban a dormir y yo me despertaba al día siguiente muy tempranito, porque me hacía mucha ilusión jugar con los juguetes nuevos...
Pues bien, a medida que pasaron los años, la cosa fue cambiando. Papa Noel ya no existía, pero sí los regalos, que cada cual los colocaba durante el día debajo del árbol. Después mi padre también dejó la casa, es decir, que mis padres se separaron. La navidad se siguió celebrando igual, y realmente todo seguía siendo entrañable, hasta que los niños crecieron y maduraron un poco y vieron que a fin de cuentas no era todo más que hipocresía. Vinieron años en que mi padre no podía asistir a la navidad, básicamente por motivos de lejanía geográfica. Y otros años, en que hubiera deseado que la navidad pasara sin pena ni gloria, pues los reproches estaban a la orden del día. De la abuela, porque mi madre no quería celebrarla con ella; de la madre, porque las hijas no cumplían con sus deberes y ayudaban en tal día; de las hijas, porque la navidad es una mierda. Total, que al final era todo más cosa de obligación que de placer y reunión y armonía familiar.
Hasta que hace tres años, mi abuela murió. Mi padre hacía años que no venía a celebrarla, y mi hermana estaba a malísimas con mi madre. Decisión de mi parte: no se celebra la noche buena en casa. Yo la pasé con mi hermana en su casa junto con algunos sin familia también. Mi padre con su otra familia. Mi madre sola.
Hoy odio la Navidad porque me trae recuerdos dolorosos, como por ejemplo, la visión de mi madre en casa sola. Fue la última navidad que podría haber celebrado con ella y la desaproveché. No me culpo. Tenía motivos válidos. Pero aún así me arrepiento. Dentro de unos días hará dos años que ella murió y de verdad que daría lo que fuera por poder celebrar la navidad sin tantas tonterías, simplemente con el sentimiento limpio de amor al prójimo.
Siempre he estado en contra de muchas instituciones como la navidad, el matrimonio, san valentín... Hoy lo veo un poco distinto. Hoy ya no digo no tan a rajatabla. Creo que todo depende de cómo se siente. Si te casas porque te lo dicen tus padres, no me es válido. Pero si te casas como un ritual para afianzar una relación y así lo sientes, me parece perfecto. Hoy por hoy, se han perdido muchos rituales, porque le hemos quitado el sentido verdadero y profundo. Estamos perdiendo valores y eso, precisamente, es lo que nos hace sentirnos tan perdidos.
Cuánto se tarda en darle el valor justo a las cosas...
Esta semana en Praga, me he comprado una docena de bolas de cristal, como las de mi infancia. Las guardaré en el altillo y quizás, cuando las llagas estén un poco más curadas, compraré un árbol y lo decoraré.